Eso que refleja el espejo del baño no soy yo, detrás de esas lágrimas no está mi mirada. Hay otra cosa, un gran vacío, una inmensa e impenetrable nada.
Eso me dije esa mañana cuando me dirigí al sanitario a
asearme y lograr despertar de la pesadilla de la noche.
Él ya se ha ido, entra bien
tempreno a la fábrica por lo que mis mañanas no son tan tortuosas ni para mí ni para mis hijos como lo es el final del día.
Los chicos aun no se levantaron, es temprano aún, los dejo dormir hasta las 9 porque van de tarde a la escuela.
Esto antes no era así, recuerdo cuando nació
Ulises, cuánto lo esperamos y con cuánta
ansiedada. A los tres años decidimos que no debía crecer solo como nos pasó a nosotros dos así que esa compañía llegó a nuestras vidas,
Sebastián.
Nunca quisimos
dirante los 9 meses el sexo de nuestro futuro, pero él me aseguraba que vendría su tan anhelada
Abigail. No fue así, y ya en la sala de partos noté que algo se había roto y yo había sido la culpable.
Con
Ulises iban a todas partes, jugaban en la plaza, lo llevaba de pesca, compartían salidas de compras.
Sebastián era "muy chico para eso", y quedaba siempre conmigo. Con su
nacimiento todo comenzó a
recrudecerse, a Él lo notaba yo distante, irritable, disconforme con nuestra vida.
Ulises siempre estaba con su padre pero no por eso dejó jamás su complicidad conmigo, siempre fui su confidente y con su hermano eran los mejores amigos. Le enseñó todo lo que sabía y lo impulsaba si encontraba algún talento oculto que yo no notaba.
En casa eramos siempre dos o tres, nunca fuimos cuatro, dejamos de ser una familia.
Con el pasar de los años,
Ulises entró en la adolescencia y
comenzó a hacer su vida y sin querer su padre dejó de ser parte de todo su tiempo libre, lo que lo llevó a estar más tiempo en casa siendo un ente. jamás sintió a
Sebastián como su hijo, y yo desde ese mismo entonces no volví a ser para él la mujer de su vida.
Los chicos se iban 12:25
hs de casa para llegar bien al colegio y ahí, en ese miso instante de la partida empezaba mi pesadilla diaria.
Hacia ya unos meses
que había
empezdo con mareos y vómitos, pensé que era por una cena de pescado que tuvimos hace unos días con unos amigos. No se me pasó enseguida, así que visité al médico, y tras análisis se confirmó mi embarazo de unos tres meses. Yo no lo había advertido porque nunca se ausentó mi período, pero "
sucede a veces", me dijo el doctor.
Dos meses pasaron de eso y yo ya comencé la obvia trasformación de mi cuerpo,
así que confesé a los chicos lo que ya era evidente, iba a venir otro varón a la familia.
Cuando lo supo él se
agravaron las cosas, y ese marido amoroso del principio ya no era el ente de los últimos años sino un
monstruo.
Ellos se iban y todo comenzaba, los detalles me parecen de más en estos momentos; sólo sé que quería proteger a Santiago que venía en camino y ya faltaban sólo unas semanas.
Ese día tiró el plato de comida
porque decía que no tenía gusto a nada y que así no podía seguir siendo lo que se dice, una mujer.
Lo insulté, no aguanté más, me tomó por el brazo y lo retorció, terminé de espaldas a él por la maniobra, y ahí estaba el cuchillo con el que terminaba de hacer el almuerzo, lo agarré
con la otra mano y ya no recuerdo más nada.
No era mi idea parir en un lugar
como éste, pero lo hice para proteger a mi hijo.
Mis hijos me entendieron, hoy están con una tía en el campo a la
espera de Santiago, se lo llevan en dos días.
Yo acá sentada, pronta a mi sentencia, se alegó que fue en legítima defensa, pero a veces la justicia en este país... siempre espera a que todo termine en tragedia para actuar.
Dígase lo que s
diga a
la hora de la lectura del juez, yo soy por fin u ser libre, madre de tres preciosos hijos y una mujer como no lo fui por mucho tiempo...